Margoth
Por: Diana Marcela López Betancur
Caminé
descalzo hasta la ventana sintiendo que debía vencer una fuerza superior a la
de la gravedad para levantar mis pies, encendí el último cigarrillo que me
quedaba, la primera bocanada era siempre la que más me repugnaba, las demás
eran pura fuerza de voluntad, sólo fumaba para ella y ahora que ya no estaba no
era necesario guardar la ceniza para frotarla sobre sus manchas blancas, caían
montoncitos en cualquier parte.
Regresé
a la cama, el calor (o el dolor, en realidad no importaba) me asfixiaba, cerré
los ojos dejando que las imágenes sin forma que se proyectaban sobre mis
párpados se sucedieran unas tras otras, quería concentrarme en mis latidos, me
quedé dormido, no tuve sueños: el vacío lo devoraba todo, al despertarme la
falta de olor me hizo recordar que Margoth se había ido para siempre. Después
de un mes seguía en aquel motel de paso, la pesadilla continuaba.
Me
levanté, llevaba la misma ropa que había estado usando la última semana, me
acerqué al sitio en el que ella se mantenía inerte, ¿Podía estar seguro que ya
estaba muerta? Después de tantos días viendo como se hacía cada vez más débil a
pesar de mis cuidados me costaba mucho trazar la línea del momento en el que
había dejado de existir. La acaricié con dulzura, creí percibir un leve temblor
pero indudablemente estaba muerta. ¿Su agonía fue tan dolorosa para ella como
para mí? Algo profundamente oscuro deseaba que así fuera.
Debía
dejar el motel ese mismo día, acomodé lo que quedaba de ella en el baúl, quería
ahorrarme la penosa vista de sus despojos. Conduje con desespero sin tener un
lugar a donde ir, el mismo paisaje se sucedía una y otra vez como si transitara
a través de una cinta de Moebius, en mi mente se repetían las palabras del
último especialista que había consultado: la había ahogado, Margoth se
encontraba muerta por mi culpa.
La vi
por primera vez a través de la ventana de mi oficina, no sé cuánto tiempo había
estado allí sin que la notara, el viento la hacía estremecer, su fragilidad me recordó
de un solo golpe la mía propia, mi corazón hizo un sonido de hoja seca al aplastarse,
cerré los ojos tratando de quedarme con su imagen mientras con un lápiz
golpeaba insistentemente el escritorio, me incomodaba mi propia piel, debía
salir, le pedí a mi secretaria que cancelara todas mis reuniones, me miró
levantando exageradamente la ceja derecha: yo acostumbraba llegar siempre antes
que los demás y con frecuencia era el último en salir, pocas veces almorzaba
fuera de la oficina, nunca me reporté enfermo, mi vida no era más que un
decepcionante vacío, incluso los fines de semana pasaba la mayor parte del
tiempo allí (cualquier cosa con tal de no involucrarme demasiado en serio con
otros seres humanos), era la primera vez que interrumpía la rutina del trabajo
que resultaba tan confortable para mi, sin darle ninguna explicación me fui:
¡total no me hubiera entendido! A aquella oficina de ventanas grandes y muebles
modernos, a la que nunca había dejado de asistir los últimos quince años no
volví.
Prácticamente
la arranqué de allí para llevarla conmigo, busqué un lugar adecuado para ella,
conseguí mucha comida, apagué el teléfono (aquel pequeño tirano que hasta ese
momento nunca había sido una molestia) y me metí en el primer motel que
encontré, desconecté la parte de mi cerebro que decía que esta era una
situación absurda y me concentré completamente en ella: su olor, la forma
solitaria como se mecía, la manera íntima en que se acercaba casi
imperceptible; amaba ver cómo en la mañanas la luz se filtraba a
través de ella.
A
medida que los días pasaron y después de tantos años evadiendo metódicamente la
mezquina compañía de otros seres humanos su perfección me reconciliaba con los
peores aspectos de mi personalidad, me inventé nuevas rutinas, pasaba el día regándola,
en las tardes contaba como un poseído sus semillas en las que descubrí en su
laberinto de círculos la geometría sagrada: 21 y 34 en un fractal de esencia
infinita, en las noches me dormía escuchando su monólogo mudo.
Mi
percepción del tiempo cambió, las unidades de medida que hemos inventado los
humanos nada tienen que ver con las plantas, la percibí eterna y de alguna
forma yo también me sentí inmortal, por eso cuando vi la primera mancha blanca
creí enloquecer, ensayé todos los remedios caseros que encontré, al principio
darle más agua y frotarle ceniza de cigarrillo parecían surtir efecto; me
engañaba, Margoth (¿De qué otra forma la hubiera podido llamar?) se debilitaba,
sus ondulantes movimientos perdían la gracia que me habían enamorado.
Saber
que su existencia dependía completamente de mis cuidados era una carga difícil
de llevar, le había impuesto mi presencia, había irrumpido en su existencia sin
su permiso y como consecuencia era completamente responsable de ella, ahora lo
único que quería era encontrar un lugar en el que ella pudiera descansar
tranquilamente.
Me
detuve en todas las iglesias que encontré, ningún sacerdote quiso ayudarme,
ninguno me dio consuelo, decían que era exagerado querer hacerle un servicio
funerario, finalmente la enterré en un lugar alejado en la vieja casa de mis
padres, y allí donde ella reposa han comenzado a retoñar de nuevo algunas
ramas, sé que no se trata de la misma Margoth de quien me enamoré, ella se ha
ido para siempre. Donde los demás solo ven margaritas, sólo yo parezco
reconocer a la impostora que ha venido a usurpar su lugar.