sábado, 19 de mayo de 2012

Margoth


Margoth


Por: Diana Marcela López Betancur


Caminé descalzo hasta la ventana sintiendo que debía vencer una fuerza superior a la de la gravedad para levantar mis pies, encendí el último cigarrillo que me quedaba, la primera bocanada era siempre la que más me repugnaba, las demás eran pura fuerza de voluntad, sólo fumaba para ella y ahora que ya no estaba no era necesario guardar la ceniza para frotarla sobre sus manchas blancas, caían montoncitos en cualquier parte.
Regresé a la cama, el calor (o el dolor, en realidad no importaba) me asfixiaba, cerré los ojos dejando que las imágenes sin forma que se proyectaban sobre mis párpados se sucedieran unas tras otras, quería concentrarme en mis latidos, me quedé dormido, no tuve sueños: el vacío lo devoraba todo, al despertarme la falta de olor me hizo recordar que Margoth se había ido para siempre. Después de un mes seguía en aquel motel de paso, la pesadilla continuaba.
Me levanté, llevaba la misma ropa que había estado usando la última semana, me acerqué al sitio en el que ella se mantenía inerte, ¿Podía estar seguro que ya estaba muerta? Después de tantos días viendo como se hacía cada vez más débil a pesar de mis cuidados me costaba mucho trazar la línea del momento en el que había dejado de existir. La acaricié con dulzura, creí percibir un leve temblor pero indudablemente estaba muerta. ¿Su agonía fue tan dolorosa para ella como para mí? Algo profundamente oscuro deseaba que así fuera.
Debía dejar el motel ese mismo día, acomodé lo que quedaba de ella en el baúl, quería ahorrarme la penosa vista de sus despojos. Conduje con desespero sin tener un lugar a donde ir, el mismo paisaje se sucedía una y otra vez como si transitara a través de una cinta de Moebius, en mi mente se repetían las palabras del último especialista que había consultado: la había ahogado, Margoth se encontraba muerta por mi culpa.

La vi por primera vez a través de la ventana de mi oficina, no sé cuánto tiempo había estado allí sin que la notara, el viento la hacía estremecer, su fragilidad me recordó de un solo golpe la mía propia, mi corazón hizo un sonido de hoja seca al aplastarse, cerré los ojos tratando de quedarme con su imagen mientras con un lápiz golpeaba insistentemente el escritorio, me incomodaba mi propia piel, debía salir, le pedí a mi secretaria que cancelara todas mis reuniones, me miró levantando exageradamente la ceja derecha: yo acostumbraba llegar siempre antes que los demás y con frecuencia era el último en salir, pocas veces almorzaba fuera de la oficina, nunca me reporté enfermo, mi vida no era más que un decepcionante vacío, incluso los fines de semana pasaba la mayor parte del tiempo allí (cualquier cosa con tal de no involucrarme demasiado en serio con otros seres humanos), era la primera vez que interrumpía la rutina del trabajo que resultaba tan confortable para mi, sin darle ninguna explicación me fui: ¡total no me hubiera entendido! A aquella oficina de ventanas grandes y muebles modernos, a la que nunca había dejado de asistir los últimos quince años no volví.
Prácticamente la arranqué de allí para llevarla conmigo, busqué un lugar adecuado para ella, conseguí mucha comida, apagué el teléfono (aquel pequeño tirano que hasta ese momento nunca había sido una molestia) y me metí en el primer motel que encontré, desconecté la parte de mi cerebro que decía que esta era una situación absurda y me concentré completamente en ella: su olor, la forma solitaria como se mecía, la manera íntima en que se acercaba casi imperceptible; amaba ver cómo en la mañanas la luz se filtraba a través de ella.
A medida que los días pasaron y después de tantos años evadiendo metódicamente la mezquina compañía de otros seres humanos su perfección me reconciliaba con los peores aspectos de mi personalidad, me inventé nuevas rutinas, pasaba el día regándola, en las tardes contaba como un poseído sus semillas en las que descubrí en su laberinto de círculos la geometría sagrada: 21 y 34 en un fractal de esencia infinita, en las noches me dormía escuchando su monólogo mudo.
Mi percepción del tiempo cambió, las unidades de medida que hemos inventado los humanos nada tienen que ver con las plantas, la percibí eterna y de alguna forma yo también me sentí inmortal, por eso cuando vi la primera mancha blanca creí enloquecer, ensayé todos los remedios caseros que encontré, al principio darle más agua y frotarle ceniza de cigarrillo parecían surtir efecto; me engañaba, Margoth (¿De qué otra forma la hubiera podido llamar?) se debilitaba, sus ondulantes movimientos perdían la gracia que me habían enamorado.

Saber que su existencia dependía completamente de mis cuidados era una carga difícil de llevar, le había impuesto mi presencia, había irrumpido en su existencia sin su permiso y como consecuencia era completamente responsable de ella, ahora lo único que quería era encontrar un lugar en el que ella pudiera descansar tranquilamente.
Me detuve en todas las iglesias que encontré, ningún sacerdote quiso ayudarme, ninguno me dio consuelo, decían que era exagerado querer hacerle un servicio funerario, finalmente la enterré en un lugar alejado en la vieja casa de mis padres, y allí donde ella reposa han comenzado a retoñar de nuevo algunas ramas, sé que no se trata de la misma Margoth de quien me enamoré, ella se ha ido para siempre. Donde los demás solo ven margaritas, sólo yo parezco reconocer a la impostora que ha venido a usurpar su lugar.

viernes, 28 de octubre de 2011

Cita

Los sueños comenzaron cuando ella era una muy pequeña, una mujer alta, de cabello oscuro y ojos que tocaban